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lunes, 4 de abril de 2011

EL COMIENZO DE VERÓNICA

     Sobrecogedora historia la de Verónica (Valencia).  Sin palabras.


     Tenía 22 años cuando decidí prepararme para ser Guardia Civil. Me faltaban unos centímetros de estatura y me dijeron que si entraba en el Ejército y me preparaba desde allí no tendría problema. Así que me examiné para las pruebas del Ejército. Unas semanas antes de que salieran las plazas que tanto esperaba, me desplomé una mañana cayendo al suelo y perdiendo el conocimiento. Ingresé en el hospital y me sometieron a las pertinentes pruebas. A la semana me confirmaron que tenía Esclerosis Múltiple. Me dijeron que me olvidara del Ejército y que aflojara en el gimnasio.
     A partir de ahí intenté hacer una vida normal, pero perdía el conocimiento a menudo lo cual me hizo perder varios puestos de trabajo. Después no he tenido síntomas hasta que sucedió algo terrible.
     Hace año y medio me encontraba en el hospital cuidando de mi hermano pequeño enfermo de cáncer. Se me durmió la mano intentando darle de beber. Me hizo prometerle que iría al médico y me pondría en tratamiento. Murió dos semanas después, con tan sólo 18 años. Él iba a ser mi padrino de boda, pero no llegó al día. Mi novio tampoco llegó, falleció un día antes de casarnos por un accidente de avioneta. Más tristeza junta imposible.
     Empecé a tratarme con Copaxone, el cual me retiraron por intolerancia. Ahora estoy con Rebbif44 y a la espera de empezar tratamiento con Tysabri ya que los efectos secundarios no me dejan llevar una vida normal.
En la foto: el hermoso circuito de Valencia
     En la actualidad tengo 29 años y una preciosa hija de 5 la cual me da la vida, a pesar del riesgo que suponía un parto para mí. Ella está sana y eso es lo importante. La EM me robó mi meta de ser Guardia Civil, pero tengo a mi hija, y eso nada ni nadie me lo puede arrebatar.
     Mi actual afectación es la siguiente: tengo la mano izquierda dormida, el equilibrio bastante mal, me mareo mucho y me caigo con facilidad, una exagerada fatiga, calambres y se me agarrotan las piernas.
     Pero si algo me enseñó mi hermano, que en paz descanse, es a no rendirme nunca y seguir siempre con una sonrisa. A llorar cuando uno no puede más, a gritar, a enfadarse y a todo lo que salga de dentro, pero jamás a  tirar la toalla. Y cuesta, sé que cuesta mucho, pero cuando veo que me hundo pienso en quien me quiere, me apoya y me necesita. De ésta manera todo parece ser menos doloroso.

   VERÓNICA.


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