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miércoles, 27 de junio de 2012

A MIS HIJAS, MI ALMA

     
     Sin necesidad de palabras, tan sólo un gesto, un pequeño acto y se clava un puñal en mi corazón. ¡Cuánto duele el silencio a veces!
Ya no necesito llorar para que se me acorche la mano, ya sin lágrimas mi pierna sufre. ¡Qué injusta enfermedad! ¡Qué injusto es no poder enfurecerse o entristecerse sin que el cuerpo sufra!
     La vida siempre tiene algo con lo que sorprendernos, algo nuevo, distinto... Cosas que ni imaginábamos. Hoy más que nunca me sentí desgraciada, me sentí enferma y sin consuelo. Hoy me sentí como nunca antes me había sentido.
     Pero también la preocupación de sus caritas, esas caras de ángeles tan lindas. Esas miradas que no podía parar de besar y tranquilizar. 
Recordé que soy imprescindible para ellas. Sentí la cercanía, la atención, la confianza de quien pase lo que pase siempre estará ahí.
     Aunque hace años que ya salieron de mi vientre sentí que éramos uno, la misma persona, la misma sangre, el mismo cuerpo...
     Me han enseñado que sólo ellas pueden darme lo que necesito, que no me van a defraudar.
     Y así, abrazada a ellas, la tranquilidad me invade y mi pierna se recupera. Con su cara, sus manos y su mirada me curan cada día.
   
     Gracias por formar parte de mí.


                        ¡OS ADORO!